Embarque y transporte de ganado

En mis días de ganadero siempre estuve pendiente de las condiciones que iban a prevalecer para embarcar y transportar mis semovientes, ya fuera con fines de traslado a otro sitio o con destino a matadero. Consideré como responsabilidad propia, el hecho de garantizar a los animales las condiciones mínimas adecuadas para su movilización, no lo hacía por buena gente, sino porque estaba convencido que ello incidía directamente en mi tranquilidad y bolsillo. Es en efecto una tarea pecuaria más importante de lo que algunos puedan percibir, pues desde el momento de decidir la movilización, empieza a forjarse un cronograma y flujograma mental de lo mejor que se debe hacer para que todo salga bien. Los ganaderos deben tener claro donde será el sitio de embarque y buscan que el mismo no les haga perder tiempo y energía. Algunos animales se resisten a instalaciones abiertas y “montarse” en vehículos desconocidos. Se ponen rebeldes, furiosos y agresivos, por tanto es buena práctica dejar estas reses de últimas. Los perros de la finca si no saben bien el oficio y desconocen las reses, también resultan un problema. 
Muchas veces cuando el transportista no posee arreador (empujador) eléctrico de ganado, llamado usualmente “tábano”, las cosas se dificultan ya que se debe apelar a la doble cuerda, puyado o rejeado de los animales para que se suban o levanten en la jaula ganadera. A veces los obreros de la finca se ven obligados a emplear su fuerza bruta, ya sea empujando, tirando de la cola o utilizando lazos para lograr el objetivo. Es en verdad una odisea, por eso insisto, si los corrales no existen o son poco funcionales la embarcada será duradera y calamitosa.

Recuerdo que me preocupaba por elegir muy bien los choferes y camiones, ya que escuchaba a mis colegas de oficio decir que tal o cual chofer era un patán, dejaba botado los animales o era demasiado impaciente, con el ingrediente que reclamaba pago adicional, si las cosas no le salían como él pensaba. También era común ver camiones a la orilla de cualquier carretera con animales sufriendo los rigores de un vehículo accidentado. Conductores que llevaban el ganado por trochas y curvas a velocidades inaceptables, sin el menor cuidado para la carga y el propio vehículo.
Ahora bien, unos animales mal embarcados y peor trasladados, son proclives a sufrir alto stress (recalco alto), porque en si una movilización es un stress. Largas o malas travesías ocasionan hambre, sed, traumatismos, lesiones, diarreas, deshidratación, golpes de calor, elevada frecuencia respiratoria y hasta paros cardíacos. Tal vez los animales que menos sufren sean los conducidos a eventos feriales o subastas, porque su alto valor económico derivado de la genética, productividad y prestigio de la finca que representa, obliga a los propietarios a esmerarse en su movilización. 
Son animales que viajan en jaulas de madera recubiertas con colchonetas y dotadas de pisos mullidos. Llevados a poca velocidad, estacionados en sitios bajo sombra, supervisados cada cierto tiempo y con su botiquín veterinario “por si las moscas”. Son trasladados como dice un amigo mío “como barragana de ministro”; pero digamos a contrapelo, que es una manera humana de hacer bien la tarea, sirviendo de referencia para el resto de movilizaciones. 
Tal como lo he sostenido, los embarques y transporte mal ejecutados, tienen mucho que ver con el desmejoramiento de las reses y en consecuencia con el bolsillo del ganadero,,, y no quiero relatar las vicisitudes con las Guías de Movilización Oficiales y el control en las alcabalas por la Guardia y Policía Nacionales;  no por cobardía, sino porque debo pasar la página y no quiero que se me eleven los niveles de azúcar y jugos gástricos, después de tanto tiempo en la producción directa en el campo..!
                                                                                            N.H. Febrero 2014
                                                                     


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